jueves, 24 de mayo de 2018


El ángel

 

Muchos años después, el juez Giner colgó el teléfono sin saber qué pensar.  Todavía sentía un estremecimiento al recordar los ojos azules, casi transparentes, de aquel niño que trajeron esposado a su tribunal. Nadie podía creer lo que había sucedido.

-       ¿Por qué lo hiciste? – fue la pregunta final que le dirigió en ese corto interrogatorio, con la garganta seca y un ligero temblor en la mano.

El niño, que a sus trece ya no lo era tanto, parado sobre un pie y luego sobre el otro, se le quedó mirando, como si quisiera escrutar en el alma del juez. Un mechón de pelo marrón le caía sobre la frente y varias pecas le salpicaban la nariz.

-       No lo sé… - dijo con voz calmada – Solo tuve ganas de hacerlo.

Dos días antes era domingo, y el niño despertó algo más tarde de lo usual. Vivía con su madre en una pequeña casa con un jardín descuidado al frente y un patio trasero donde lavar la ropa y tenderla. Todas las casas de la cuadra eran idénticas, fachadas de ladrillo y techos que se llovían al primer aguacero, rejas en las ventanas y olores, gritos y carcajadas que se mezclaban.

Su madre había vuelto del mercado con pocas cosas. La vieja heladera nunca estaba llena, pero la mujer procuraba que la comida no faltara en la mesa. Estaba próxima a sus treinta y había perdido mucha de su lozanía. Los huesos le dolían y le costaba cada vez más engañar al espejo con tintas y cremas. Los hombres eran más fáciles para convencer.

El niño no conocía a su padre. Ella jamás hablaba de él. Quizás fuera uno de los que huía cuando el mes no llegaba. O tal vez ella misma ya no supiera de quién había heredado su hijo esos ojos transparentes. Él nunca le preguntó. No lo hizo porque tuviera miedo de la respuesta, sino porque no le importaba.

Esa mañana, se levantó con sigilo. Era un niño silencioso, de pocas palabras. La madre siempre agradeció a la Virgencita que el mocoso no llorara cuando era un recién nacido, ni hiciera berrinches en la calle o cuando tenía hambre. Solo se quedaba mirando con sus enormes ojos azules, casi sin expresión alguna en el rostro. Debe ser un hijo del diablo, pensaba ella cuando le daba de mamar y le canturreaba una canción de cuna, mientras el pequeño succionaba y no le quitaba los ojos de encima.

Se mojó la cara con agua fresca y sintió, una vez más, esa voz grave a su lado, la voz de alguien que le conocía bien, que le llamaba por su nombre, que cantaba, reía, contaba historias de personas con alas a quienes llamaba sus hermanos, que él no entendía. No lo escuchaba dentro de su cabeza. Era alguien que estaba siempre a su lado, a veces a varios pasos, otras pegado a su cuerpo. Solo una vez, cuando no había cumplido diez años, le vio. Una tarde en la que su madre no había llegado todavía sintió un “Hola” a su espalda. Se dio vuelta y ahí estaba, una figura alta y oscura a contraluz que llegaba hasta el marco de la puerta abierta del patio. Con un movimiento sutil, la figura se desvaneció. El niño no sintió miedo, sino que se puso a reír. A su madre nunca le contó nada.

Esa mañana la voz apenas carraspeó y le deseó un feliz domingo.

El niño caminó hasta la cocina. Tenía algo de hambre, pero por encima de todo tenía sed. Su madre estaba lavando unas verduras que había comprado en el mercado y algo le dijo sin mirarlo, que el chico no escuchó.

-       ¿Me oíste? – preguntó ella, al ver que el niño, con indiferencia, tomaba una jarra con agua fría de la heladera y se servía un vaso. – Te dije que me alcances ese cuchillo…

Sobre la mesa había dos cuchillos, uno más grande, de mango de madera gastado por el uso, y otro más pequeño. El niño eligió el más grande, lo tomó por el mango y lo alcanzó a su madre.

Ella estiró la mano sin mirar, concentrada en las remolachas que había conseguido en la feria, con cuyas hojas anticipaba un pastel de verduras que su hijo siempre comía con mucho apetito. Por eso, en lugar de agarrar el cuchillo por el mango, lo hizo por el filo del metal. Ese primer corte en los dedos fue muy doloroso.

El niño quedó un momento quieto, con el cuchillo en su mano, viendo cómo su madre ponía sus dedos bajo el agua, sin importarle que las remolachas estuvieran recibiendo un baño de sangre. La escuchó gritándole que fuera a buscar alcohol y gasas al botiquín que tenía en el baño. Pero no le hizo caso. Solo se mantuvo de pie, a dos pasos de ella. La voz a su lado no habló ni opinó. El segundo corte fue justo debajo de la nalga. El tercero a lo ancho de la espalda.

El juez Giner, recostado en su sillón, hizo un cálculo en el aire. El chico ya debía ser un hombre grande. Habían pasado siete años y su sentencia fue ejemplar e inapelable. Sin embargo, los errores humanos son el santo y seña de la justicia. Le habían puesto en libertad, junto a su peculiar ángel de la guarda.

Aquella mañana, ya cerca de las doce, el niño salió al jardín del frente de la casa y se sentó en una silla de madera junto a una mesita. Hacía buen tiempo. Solía pasar largas horas ahí, leyendo historietas o viendo a la gente. Muchas veces, quedaba escuchando a la voz. Pero esta vez, su ángel se mantuvo en silencio, aunque percibió que desde donde estaba, sonreía. Tenía las manos y la ropa manchadas de sangre. También tenía sed. Dejó la cabeza de su madre y el cuchillo grande sobre la mesa y entró a la cocina a buscar un vaso con agua helada.

Desde adentro escuchó los gritos aterrados de su vecina. Luego, las voces de auxilio desesperadas. Con el vaso en la mano, salió al jardín y esperó.  

domingo, 25 de febrero de 2018



 

Todo comenzó durante el invierno, que ese año fue largo y frío. Sucesos que pasaron desapercibidos, cambios que nadie notó y que no fueron registrados, pequeñas alteraciones del orden natural de las cosas que solo cuando comenzaron a ser algo más intensas, llamaron la atención de pocos.

En la pequeña morgue contigua al cementerio de un pueblo cercano a la capital, el médico notó algo extraño. En la única mesa del lugar yacía el cuerpo de un anciano, cubierto por una sábana. Un brazo se había escapado y quedó estirado a un costado, con la palma de la mano hacia arriba, como pidiendo una limosna.

Varios días después, en la cámara de frío de la morgue de la capital, un ruido llamó la atención del guardia nocturno. Al entrar, encendió la luz y pudo ver que una de las puertas de la heladera donde se conservan los cuerpos estaba abierta y la camilla con el cuerpo afuera, en medio de la sala. Los brazos del cadáver colgaban a los costados. El guardia fue a buscar a su compañero y cuando volvieron, encontraron la heladera abierta pero los brazos del cadáver descansaban sobre su vientre.

Dos días más tarde, el Dr. López se preparaba para realizar una autopsia al cuerpo de una mujer que se había suicidado dos días antes con una sobredosis de pastillas. Estaba solo esa mañana y encendió la radio para escuchar unos tangos. La música le relajaba. Se acercó al cuerpo gris y rígido de la mujer y algo le llamó la atención que le produjo un escalofrío de espanto: las manos de la mujer estaban aferradas a los costados de la mesa de acero. Estaba acostumbrado a que los cuerpos de los muertos se movieran un poco, en especial cuando comenzaban a perder el rigor mortis, los ojos que se abren, un brazo que cae al costado, alguna ventosidad que se escapa, la mandíbula que se zafa de golpe y el cadáver queda como buscando una bocanada de aire. Pero dos manos que se aferran a la mesa era algo para lo que el Dr. López no estaba preparado.

Esa noche, un señor de avanzada edad falleció en el hospital público. No tenía familiares. A nadie se le avisó. Un par de horas después, un enfermero lo trasladó en una camilla al depósito. Tomaron el ascensor y al llegar al sótano, un desperfecto impidió que la puerta del ascensor se abriera lo suficiente como para que la camilla pasara. El enfermero la dejó ahí y fue a buscar ayuda. Cuando regresó al ascensor, sin haber podido encontrar a alguien del servicio de mantenimiento, las piernas del cadáver colgaban del costado de la camilla y su mano izquierda agarraba con fuerza la sábana que le cubría.

No fue sino hasta pocos días después cuando los eventos – así los llamó el inspector Pintos en un informe verbal al Jefe de Policía – comenzaron a ser investigados a raíz de los sucesos en el velatorio del padre de un ministro del gobierno. El hombre, ya muy veterano, encontró la muerte sentado en su sofá preferido, mirando un programa de televisión mientras sus nietos jugaban a su lado. Nadie se dio cuenta hasta un par de horas después. Durante la noche del velatorio, cuando casi todos se habían ido a sus casas, una sobrina suya se acercó al cajón. Luego dijo que un ruido, como un roce de telas y un forcejeo, le había llamado la atención y decidió ver si todo estaba bien. Lo que encontró le produjo un desmayo precedido por un grito desgarrador: su tío tenía la boca abierta, los ojos contraídos con fuerza y las manos estaban aferradas a los costados del ataúd.

-         Esto que está sucediendo es muy extraño… - le dijo en forma confidencial el Jefe de Policía al inspector Pintos – No tengo que decirle a usted que se debe manejar con el mayor de los sigilos, ¿me entiende bien? No queremos para nada que la gente se ande enterando que los fiambres se mueven solos. Van a pensar que del otro lado ya no los quieren y se están regresando…

La llamada despertó a Pintos cerca de la una de la madrugada.

-         Nuestro amigo ha despertado.

Desde la muerte de su esposa, el inspector dormía poco. Habían estado juntos por más de treinta y cinco años. Una mañana, ella decidió morir. Los hijos ya eran grandes y se valían por sí mismos. En su pequeño apartamento, Pintos todavía sentía la presencia de Sonia, el sonido de sus pasos sobre el piso de madera, su aroma cuando abría el ropero o cuando se daba vuelta en la cama. Más de una vez, la madrugada le había encontrado sentado en el sofá, con la luz apagada y mirando un punto fijo, recordando otros tiempos. Sonia, de haber vivido más, se hubiera refugiado en la religión. Pintos se sintió tentado, pero nunca había creído mucho ni en un ser supremo ni en la vida después de la muerte. Sin embargo, la muerte de Sonia y su destino le hizo crecer una duda que le estaba carcomiendo el alma.

La llamada le puso en alerta. Se levantó con sigilo, se vistió y salió a la noche helada. Manejó casi de memoria por calles vacías hasta el hospital público, ese inmenso edificio al costado del parque. El estacionamiento estaba vacío. Ni siquiera estaban los vagabundos y los borrachos que pasaban la noche a la intemperie, cerca de la puerta de emergencias.

-         Esto es increíble… te digo más: ¡es imposible! En todos mis años de maldito matasanos nunca había visto algo así, Cacho. ¡Te lo juro por lo más sagrado!

El Dr. Silva, médico de turno y amigo del inspector Pintos desde la adolescencia, le estaba esperando al otro lado de la puerta. Ambos caminaron en silencio por pasillos oscuros. Tomaron un ascensor que los llevó al piso diez. Silva relató, casi en un murmullo, como para que nadie salvo ellos lo supieran, que el tipo había despertado del coma y parecía tener plena conciencia de todo lo que le rodeaba. Su cuerpo casi no funcionaba, sus tejidos estaban en estado de necrosis. Sin embargo, era un hecho irrefutable que estaba vivo.

Al llegar a la habitación al final del pasillo, los guardias que dormitaban sentados se pusieron de pie. Silva tomó a Pintos del brazo con fuerza y le habló al oído con un inconfundible tono de terror.

-         Yo mismo firmé el certificado, pero eso fue hace tres años. ¿Te das cuenta del disparate? ¡Tres años! Lo que sea que hay ahí en esa cama, no es de este mundo…

Cuatro días antes, la policía había sido alertada de un hecho trágico. Un hombre había saltado desde un balcón en un decimotercer piso. Aterrizó junto a un auto que estaba estacionado frente a la puerta del edificio. No había casi nadie circulando a esa hora por la vereda, salvo una pareja de adolescentes sentados en un banco de la placita que interrumpieron sus manoseos para atestiguar la caída y su fatal resultado.

El comisario Medina, encargado de las pericias, llamó a Pintos y le pidió que se hiciera presente. Cuando el inspector llegó, la zona estaba acordonada con cintas amarillas, los patrulleros con sus luces encendidas anunciaban a la distancia su presencia y dos ambulancias ya habían llegado al lugar. El cuerpo estaba cubierto con una sábana. Una oscura mancha de sangre y sesos a varios metros a la redonda indicaban que su cráneo estalló como una sandía al chocar con la vereda.

-         ¿Por qué me ha llamado, Medina? Esta no es mi jurisdicción…

-         Me han dicho que usted está investigando una serie de cosas… poco normales. ¿Sigue en eso o ya cerró el caso? – contestó Medina por lo bajo.

-         Sigo. ¿Qué tiene que ver eso con todo esto?

-         Venga conmigo. Creo que le puede interesar…

Subieron al apartamento del muerto. No era muy grande, dos dormitorios, uno de ellos convertido en estudio, una sala pequeña con una mesa para dos y un par de sillones, una alfombra mullida y una cocina donde no entraban dos personas normales. Sin embargo, el balcón, por capricho del arquitecto, tenía casi la superficie del apartamento.

En el dormitorio, los médicos estaban atendiendo a una mujer. Estaba en visible estado de shock. Temblaba y miraba a su alrededor con ojos desorbitados, como si hubiera pasado la experiencia más traumática de su vida. La estaban sedando.

-         No es la esposa – explicó Medina, cada vez más pálido.

Salieron a la terraza. Una brisa helada les obligó a cerrar sus abrigos. Caminaron hasta la baranda de metal. Pintos pudo ver un trozo de tela adherido a una punta que sobresalía. Imaginó que el pantalón del muerto se habría enganchado al momento del salto, desgarrándolo.

-         ¿Un suicidio? ¿O la mujer tuvo algo que ver en esto?

En eso, se dio cuenta que, del otro lado de la terraza, los servicios de emergencia estaban trabajando. Los dos apartamentos vecinos compartían la terraza, separados por macetones de concreto con plantas secas. Recostado contra uno de ellos, una persona estaba recibiendo asistencia médica.

-         La señora nos dijo que alguien tocó a la puerta. Ella abrió y estaba ese tipo de allá – dijo Medina, señalándolo con un movimiento de la cabeza – Entró en el apartamento empujándola y se detuvo frente al que saltó. No hizo nada más, según ella, pero fue suficiente como para que el otro entrara en pánico, saliera corriendo hacia aquí y saltara al vacío.

-         Medina, vuelvo a preguntarle: ¿qué hago yo aquí?

El comisario carraspeó y encendió un cigarrillo. Miró de costado para asegurarse que nadie les estaba escuchando.

-         La tipa esta le conocía. Nos brindó su nombre: Arturo Sosa Guzmán.

-         No entiendo a qué…

-         Investigué en el archivo. El dato que ella nos dio es correcto… - contestó Medina, acercándole una pequeña laptop. La foto de un hombre de mediana edad le miró desde la pantalla – Coincide con la descripción y con la foto. Ese tipo que está ahí es Sosa Guzmán. Pero si se fija bien en el informe del archivo, hay algo que no tiene lógica. Y por eso le he pedido que venga.

Los médicos pusieron al hombre en una camilla. Su rostro estaba cubierto con una mascarilla de oxígeno y el cuello protegido con una prótesis. Pintos le miró de reojo, sin saber qué hacer. Algo estaba muy mal en todo eso y tanto el inspector como el comisario Medina sintieron que habían pasado una frontera sin retorno. El hombre que llevaban en la camilla había muerto hacía tres años.

Al entrar el inspector en la habitación del hospital, sintió un leve aroma a carne en estado de descomposición, ese olor nauseabundo que la muerte siempre trae consigo. Pintos lo conocía bien, pero no por eso dejaba de darle una sensación de asco, como un golpe bien dado en la boca del estómago.

La habitación estaba en penumbras. La cama más próxima al baño estaba vacía. La otra estaba iluminada con una luz indirecta colocada detrás de un panel en la cabecera. Un tubo de oxígeno y un gancho donde colgaba un suero ya vacío eran los únicos indicios de ayuda médica que el Dr. Silva había improvisado.

El hombre yacía en la cama. La escasa luz no permitía ver muy bien sus rasgos. El cabello, oscuro y pegado al cráneo, se había caído en varios lados, dejando al descubierto la piel gris, agrietada, muerta. El cuerpo, reducido a poco más que un esqueleto con algo de carne y pellejo, estaba tapado con una manta.

Pintos arrastró una silla y la colocó cerca de la cama. Sentía una extraña mezcla de asco y miedo, un terror que jamás había experimentado. Supo, por un leve movimiento de la cabeza, que el otro estaba despierto y que le estaba observando. Tomó asiento sin saber qué hacer.

-         No encienda la luz… Me molesta mucho – dijo el muerto.

-         No lo haré – contestó Pintos.

La voz del muerto surgió como el graznido de un ave. Su respiración era normal, calmada, pero dejaba escapar un silbido entre los dientes. Pintos dejó pasar uno o dos minutos en silencio. No sabía qué decir. Quería interrogarle, quizás hacerle miles de preguntas, pero no sabía por dónde comenzar.

-         Tengo sed… - murmuró el muerto.

Pintos vio sobre la mesa contigua a la cama un vaso con un sorbete. Se levantó, lo llenó con agua fresca de una jarra y lo acercó al otro. El muerto movió su mano, colocó el sorbete en su boca y succionó unos tragos de agua.

-         Gracias… - dijo al terminar.

-         Soy el inspector Pintos, de la Policía Metropolitana – se presentó Pintos, con voz grave y poco amigable.

-         Usted ya debe saber, a esta altura, quién soy yo…

-         Sí, lo sé – contestó Pintos – Usted es Arturo Sosa Guzmán.

Pintos vio que el otro movió ligeramente la cabeza en su dirección. Quizás estaba poniendo atención o un resorte de su ánimo saltó al escuchar su nombre. O tal vez solo se hubiera quedado dormido.

-         Usted irrumpió en la morada de Ricardo Orttini, hace cuatro noches. Por alguna razón, Orttini se asustó y saltó por la baranda al vacío, lo que le causó una muerte instantánea.

-         No tan instantánea, inspector – dijo el otro desde la penumbra – Esos segundos de caída libre son un paseo por el infierno…

Pintos sintió un silbido especial que se escapaba de su garganta. Podría haberlo confundido con una risa seca pero genuina. Al fin de cuentas, no estaba dormido.

-         He pasado estos días corroborando su identidad, Sosa – continuó en inspector - Sus huellas digitales casi han desaparecido, pero su dentadura coincide con los registros. Obtuve del juez una orden para revisar su tumba. La loza del panteón estaba corrida y su cajón roto. De adentro hacia afuera… ¡Esto es de locos! ¿Por qué? – preguntó el inspector. Su voz había cambiado, por más que intentó dominarse. - ¿Por qué? ¿Cómo es posible? Esto no tiene ningún sentido. Yo no sé qué más decir…

-         El por qué es fácil de deducir, inspector… - dijo el muerto.

-         Le escucho.

-         Morí en la cárcel. Fui ahí gracias a mi amigo Orttini. Ocupé su lugar sin siquiera saber lo que hacía. No soy un hombre de negocios, no los entiendo. Pero di la cara por mi amigo, mi hermano. Y el tipo no respondió – se interrumpió con una leve tos y volvió a tomar unos sorbos de agua - Se suponía que quedaría pocos días indagado, hasta aclarar las cosas, un lio de plata del cual yo no tenía ni idea. Firmé papeles… Se transformó en cinco años de prisión. De la noche a la mañana me metieron de cabeza en el infierno. Todos metidos en una jaula, unos arriba de los otros. No le tengo que dar detalles, usted debe conocerlos bien. No se duerme, no se come. Te torturan, te violan, te matan. Te vuelves loco de rabia y de odio. No estaba preparado para nada de eso. Nadie lo está. Imaginas todas las cosas que harás cuando te larguen. Yo solamente quería matar a Orttini. Pero no me dieron la oportunidad. Me apuñalaron en el patio.

-         Y decidió volver para vengarse - dijo Pintos.

-         Sí…

-         Como si fuera lo más fácil de hacer…

-         No fue fácil. De hecho, fue extremadamente complicado, inspector.

-         ¿Cómo? Lo que usted hizo es imposible. Va en contra de todas las leyes de la naturaleza. No hay forma de que usted esté aquí. ¡Usted murió, Sosa!

-         Las leyes están para violarlas, inspector. Usted es policía, lo sabe mejor que yo. Las de la naturaleza son más complicadas de violar, pero siempre hay una forma… cuando usted tiene mucha fuerza de voluntad y algo que la alimente. Hay mucha gente que cree que el amor puede hacer que los muertos se levanten. Le aseguro que el odio también es una buena fuente de inspiración.

Quedaron unos minutos en silencio, solo interrumpido por la tos seca de Sosa. Pintos no se atrevió a preguntarle cómo había hecho, si había tenido ayuda de alguien o de algo para poder regresar a su cuerpo, infundir vida en lo que quedaba de sus huesos y salir a consumar su venganza. Había algo que le estaba dando vueltas en la cabeza desde hacía cuatro días que le preocupaba incluso más que tener que interrogar a alguien que llevaba tres años muerto.

-         No se preocupe más por mí, inspector. Mi tiempo está acabando.

-         Todos esos eventos de estos días, esos muertos que quisieron levantarse, usted…

Sintió algo parecido a una risa desde la penumbra.

-         Eventos… suena bien. No se van a repetir. Pertenecen a la etapa de ensayo y error, por decirlo de alguna manera.

-         Perdí a mi esposa hace un año – dijo Pintos, sin preámbulos – Le diagnosticaron un cáncer intratable. No quiso pelear y decidió suicidarse, una mañana luego del desayuno. Ella era muy creyente, yo no mucho. Pero desde su muerte siento que ella está en algún lado, no lo sé… quizás purgando su culpa por el suicidio. Yo…

Pintos se dio cuenta que el muerto se había incorporado un poco y que sus ojos le estaban mirando fijamente, como si le taladraran.

-         Usted quiere saber qué hay del otro lado, ¿verdad, inspector?

-         Quiero saber si Sonia está bien…

-         Acerque su silla – murmuró Sosa casi sin fuerzas – Yo le voy a contar qué hay del otro lado.

El Dr. Silva vio cuando su amigo salió de la habitación. Pintos no prestó atención a los guardias que custodiaban la puerta y avanzó por el pasillo con pasos cansinos, como si su cuerpo soportara todo el peso del mundo. Se detuvo debajo de una luz. Silva le interrogó con un gesto. Pintos tenía la mirada extraviada, no parpadeaba. El médico no se dio cuenta, hasta que ya era tarde, que su amigo tenía el arma en su mano. Todo sucedió en pocos segundos. El disparo dentro de su boca fue fatal. La parte posterior de su cráneo estalló. El inspector cayó al suelo con los ojos abiertos. Parecía estar mirando un aterrador paisaje de otro mundo.

sábado, 2 de diciembre de 2017



París, hoy en día

 

Uno

 

El lento traqueteo del ascensor distrajo a Patrick. Era uno de esos viejos aparatos de fierro trabajado, con puerta corrediza, molduras de madera oscura y un espejo ya opaco por los años, que subía y bajaba al costado de las escaleras. No quedaban demasiados de esos en París. Se observó de reojo en el espejo. Quizás fuera por la poca luz o a causa de los días en vela, pero la imagen que vio fue la de un hombre muy cansado. Estaba acostumbrado a trabajar bajo presión. Pero las últimas dos semanas habían sido extrañas, tensionadas, agotadoras. A pesar de ello, a sus cuarenta años todavía mantenía el estilo de viejo deportista y el cabello oscuro intacto. Solo alguna arruga le marcaba la frente y los costados de los labios.

Había estacionado a pocos pasos de la puerta del edificio. A esa hora, unos minutos luego de las seis de la tarde, era un milagro encontrar dónde dejar el auto. Quedó en verse con Marie Claire en su apartamento de la rue Jacob. La había llamado en la mañana, cuando ella estaba dando clases en el Conservatorio. En forma muy escueta, como era su costumbre, le indicó que pasara por su casa a esa hora y colgó.

Debe seguir enojada conmigo, pensó Patrick mientras el ascensor comenzaba a frenar al llegar al piso cinco, el último. Se conocían desde hacía no más de tres años. El flechazo fue casi instantáneo. Se cruzaron en la exposición de los Stradivarius, invitados por el curador de la muestra. Ella, a esa altura, ya era una pianista de fama muy extendida en Europa y solía ser invitada a muchos acontecimientos culturales, no solo porque su nombre realzaba cualquier evento, sino porque su belleza clásica y elegante podía alegrar hasta el velatorio del personaje más querido de la ciudad.

Patrick abrió la puerta del ascensor y la luz se encendió en el corredor. Con una carpeta apretada bajo el brazo, avanzó unos pasos hasta la puerta del apartamento de Marie Claire. Dudó unos instantes antes de tocar el timbre. En realidad, no sabía si estaba haciendo lo correcto.

La última vez que estuvieron juntos, en ese mismo piso parisino hacía algo más de dos meses, ella le había echado con gritos destemplados. Había descubierto que Patrick le era infiel. Una foto suya tomando una copa de vino blanco con una modelo española en la exposición de pinturas de Jean Claude Olivier, aparecida en el sector de fiestas y eventos de una revista de moda, fue suficiente para que la pianista armara una tormenta. Patrick se defendió negando todo. Por supuesto, bien sabía que la noche con la modelo había sido una de las mejores de su vida. Pero cuando, acorralado y con toda calma, le recordó a Marie Claire que ellos no tenían ningún entendimiento formal, vale decir, que ellos no eran novios ni nunca lo habían sido, que siempre se habían dado todas las libertades posibles y que él sabía de su romance con un colega del Conservatorio de Música y nunca se lo había reprochado, la mujer, pálida de la ira, se limitó a señalarle la puerta con un dedo tembloroso.

Esa madrugada, Patrick se retiró pensando que a veces se gana y otras veces se pierde. Pero ahora la situación era distinta. No estaba retornando para pedir disculpas ni para reiniciar un romance siempre tormentoso con la diva del piano, sino que estaba ahí para consultarla en virtud de su profesión.

Esperó un instante, tocó el timbre y la puerta se abrió.

Como en una película de los años de oro, Marie Claire Vandemberg le recibió vestida con un robe de chambre estampado con arabescos azules, un cigarrillo en una mano y todo el hielo del universo en sus ojos. Rita Hayworth con el pelo corto, se dijo Patrick, sabiendo que junto a su maestría para interpretar los Études de Chopin, la mujer podía desplegar una maldad casi asesina usando su belleza como arma letal.

-         Hola… - dijo Patrick.

Por toda respuesta recibió un imperceptible movimiento de su cabeza, indicándole que entrara. Le dio la espalda con indiferencia y dejó a su invitado la tarea de cerrar la puerta.

-         Conoces la casa – dijo Marie Claire con voz neutra – Si quieres servirte algo de tomar, ya sabes dónde está el bar. Yo vuelvo en un momento.

Patrick la vio desaparecer por el corredor que daba al dormitorio, avanzó unos metros, se quitó la gabardina y se dejó caer en un sillón de tres plazas, mullido y muy amplio. Se aflojó la corbata y con los ojos cerrados hizo un pequeño paseo por su memoria. Los olores de ese apartamento lo transportaban a jornadas de placeres gloriosos y conciertos íntimos, a largas noches en vela hablando de mil cosas distintas, a peleas y reconciliaciones. Pero ahora esos recuerdos los sentía como si pertenecieran a otra persona.

Al abrir los ojos, descubrió a Marie Claire sentada en otro sillón individual. Nada parecía haber cambiado en ella. Vestía el mismo robe de chambre; pero ahora iba descalza y con el pelo mojado. Su porte de una elegancia natural sin igual podía cortar el aliento. Estaba igual, salvo que su mirada era otra. Ahora le taladraba con los ojos.  No es Rita, se dijo Patrick, sino Sharon Stone: solo falta que cruce sus piernas. Al igual que ella, la pianista no llevaba nada bajo su bata.

-         Te quedaste dormido – dijo ella – y aproveché para ducharme.

-         ¿Me dormí? Disculpa…

-         ¿Qué te trae por aquí? Ni pienses que te he perdonado. Te he recibido solo porque dijiste que era un asunto urgente. Bien, te escucho.

No es buena mintiendo, pensó Patrick.

-         Jules Marivaux… - dijo, al fin, casi en un susurro.

Solo decir ese nombre produjo un cambio casi imperceptible en el rostro de la mujer. Quizás Patrick era una de las pocas personas que podía darse cuenta de esa leve mueca, mezcla de miedo y placer, que por un instante se dibujó en el rostro de Marie Claire, un destello en los ojos muy lejos de la frialdad y la distancia que habían tenido antes de mencionarlo. Ella reparó, por primera vez en la velada, que su ex amante estaba pálido y ojeroso y que tenía un ligero temblor en la mano izquierda.

-         ¿Qué con él? – preguntó la pianista, tratando de recomponer, sin éxito, su pose de lejanía.

-         No es una historia corta – contestó Patrick – pero trataré de ser escueto.

-         Tengo tiempo.

Patrick Eszterhazy era uno de los mejores investigadores en el mundo del arte. Se divertía presentándose a los desconocidos como “detective privado”. Siempre lograba rodear su figura con un halo de misterio, truco que se desvanecía no bien entraba en detalles, ya que el rubro de su profesión no era el de los asesinatos y crímenes pasionales sino el del robo y autentificación de obras de arte. Había comenzado a trabajar como mandadero en Grangier & Radiguet, una de las mayores firmas de subastas de obras de arte, especializados en documentos antiguos, libros incunables y manuscritos originales. Al poco tiempo, uno de los investigadores que mejor conocían su oficio, Pierre Lopez, francés de tercera generación de inmigrantes españoles pero que conservaba el apellido casi inalterado, le tomó bajo su protección. Junto a él, Eszterhazy aprendió los rudimentos del arte, a distinguir caligrafías, estilos, texturas de papeles antiguos, conocer la historia de los artistas y de imitadores y falsificadores geniales. Tanto conoció y tan bueno fue su aprendizaje, que al tiempo de retirarse Lopez por edad, Patrick ocupó su lugar.

Una tarde, hacía unos quince días o poco más, regresó a su oficina en la casa de subastas, una amplia habitación con el techo en bovedilla y un ventanal a la calle por donde entraba el sol de la mañana con mucha generosidad, y encontró una nota en su escritorio, escrita por su jefe directo Radiguet, nieto del fundador de la casa. En esa nota le indicaba que se presentara cuanto antes en la casa del conde Stanislavski, quien había fallecido hacía pocas semanas.

Los Stanislavski eran una de esas familias antiguas que habían protagonizado la historia social del país desde hacía más de un siglo. Igor Vasili Stanislavski, el conde original, había emigrado desde su Rusia natal mucho antes que los bolcheviques echaran a perder la revolución que derrocó al Zar Nicolás. Los emigrantes rusos, en especial aquellos que pertenecían a las familias más encumbradas de la nobleza, no guardaban en aquel entonces muchos recuerdos de algún conde Igor, y algunos murmuraban por lo bajo que se trataba de un impostor o un advenedizo que compró un título para legitimar y dar realce a su fortuna. Esta era una práctica muy común en esos tiempos. Luego de la caída del Zar, cuando muchos nobles rusos emigraron a países del occidente europeo, la familia del conde Stanislavski ayudó a más de uno que huyó de su tierra natal con una mano delante y la otra atrás.

Poseedor de una inmensa fortuna hecha en el comercio de ultramarinos y en el contrabando de piedras preciosas, sus descendientes se habían encargado de dilapidarla. La historia de siempre. Personas que desde la cuna lo tenían todo en cantidades desmesuradas, a quienes se les inculcaba esa vieja idea de la rancia aristocracia de que trabajar es una tarea para el vulgo. Los Stanislavski crearon a su alrededor una historia de desmesuras y gastos faraónicos propias de un folletín.

El bisnieto de Igor, Jean Jacques, fue quien recibió a Eszterhazy en la sala de su palacete, una casa muy antigua de muros de piedra en la Isle de Saint-Louis. El estado de abandono era muy avanzado, reflejo de la situación en la cual el conde había fallecido. En la sala donde esperó veinte minutos a que Stanislavski le recibiera, faltaban algunos muebles y quedaba el recuerdo de varios cuadros cuyos contornos el tiempo había dibujado en la pared.

-         Yo conocía al viejo conde, de un tiempo antes que reventara – murmuró Marie Claire al encender su tercer cigarrillo, sin haber cruzado todavía las piernas – Me ofreció un anillo de diamantes si le daba un concierto privado, solo para él… Por supuesto que le dije que no necesitaba indicarle dónde podía guardar su anillo.

Jean Jacques Stanislavski, el último de su linaje por ser soltero y sin hijos conocidos, era un hombre altivo, de mirada arrogante y modales fríos. Apenas saludó con un “buenas tardes” a Patrick, quien se quedó con la mano extendida unos segundos más a fin de que el otro se viera en la obligación de saludarle con mayores formalidades. Era un juego que Eszterhazy hacía muchas veces cuando se topaba con tipos como el que tenía delante.

-         Reciba usted mi pésame por la muerte del conde. En Grangier & Radiguet apreciábamos mucho a su padre.

-         Guarde sus saludos, señor Eszterhazy. Ni usted ni sus jefes conocían a mi padre.

Un golpe inteligente, directo a mi mentón, pensó Patrick.

-         Le hice venir a usted porque su fama le precede, y necesito que investigue un documento que mi padre tenía guardado en su biblioteca. Sígame.

Al final de un corredor con ventanales que daba a un jardín interior, pasaron a un inmenso salón que otrora albergaba una biblioteca de grandes dimensiones, ahora bastante menguada. Los anaqueles vacíos atestiguaban necesidades perentorias de dinero fácil.

-         Como puede ver, casi no queda nada de la famosa biblioteca privada de mi bisabuelo. Si quiere husmear luego y ver si hay algo de valor, es libre de hacerlo. Pero para lo que usted está aquí es por esto.

Al final del salón, luego de unos pequeños sillones que invitaban a sentarse y leer días enteros, había un gran escritorio de madera oscura, labrado con el primor de antiguos artesanos cuyos secretos se habían perdido. Había un par de libros antiguos en un costado, apilados sin orden aparente, y en el centro una carpeta de piel oscura.

-         Antes de mostrarle estos documentos, – dijo Stanislavski señalando la carpeta – quiero preguntarle qué sabe usted sobre Jules Marivaux.

La pregunta tomó por sorpresa a Patrick.

-         ¿Marivaux, el compositor?

-         El mismo.

-         No más que el conocimiento medio. Fue uno de los últimos clásicos, vivió hasta casi finales del siglo XIX aquí, en Paris. No sé mucho sobre su vida…

-         Nadie sabe mucho de su vida. Parece que el tipo era muy escurridizo. Su vida privada no me interesa realmente. Lo que sí me interesa es el contenido de esta carpeta.

Stanislavski la abrió y extrajo unos documentos, indicándole a Patrick que se acercara. Los tomó y descubrió que se trataba de una partitura, una música para piano, varias hojas escritas sin tachaduras ni enmiendas, con una prolijidad y claridad sorprendente, como si el compositor tuviese la melodía tan bien definida en su cabeza que no necesitara correcciones y solo bastara con transcribir las notas sobre los renglones para que el trabajo estuviera hecho.

-         Sospecho, señor Eszterhazy, que este es un original de Marivaux. Tengo entendido, por lo que he podido averiguar, que muchas de sus obras manuscritas se han perdido o han quedado escondidas en manos de privados esperando que un día alguien las descubriera. Si este es el caso y este documento es original, espero que ustedes puedan establecer un valor y, por supuesto, ofrecerlo a quien desee adquirirlo. Si resulta ser una falsificación, no me sorprenderé. Hacer pasar mentiras por verdades no es un monopolio de los políticos ni de los abogados.

Luego de firmar un recibo previamente preparado por Stanislavski y cargar sin mucha convicción con unos libros que el conde le indicó que podían servirle en su investigación, Patrick retornó a su oficina. Ahí, comenzó a preparar los detalles de los documentos que, por medio de un abogado, Stanislavski firmaría para otorgar a Grangier & Radiguet la responsabilidad en el estudio de los documentos que ahora tenía en custodia, estudio que incluía algunas investigaciones de laboratorios para establecer la edad y procedencia del papel y la tinta, y de tratarse de un documento auténtico, la exclusividad en su venta en subasta pública.

-         No es mucho lo que sé sobre Jules Marivaux… – dijo casi para sí misma Marie Claire.

-         Yo tampoco. Comencé consultando en internet, en páginas especializadas. Los datos no eran más que los que te he contado. La vida de Marivaux está plagada de lagunas, de inmensos espacios vacíos. Por momentos es como si se lo tragara la tierra. Una vez, el tipo dio un concierto fallido, le abuchearon y desapareció. Nadie acierta a explicar dónde se escondió por casi 9 años, pero al retornar logra presentar una sinfonía que resulta ser un éxito arrollador.

-         Su Sinfonía Nr. 1 es una pieza única… ¿La has escuchado alguna vez? – preguntó Marie Claire.

-         Si, la escuché… – contestó Patrick, con la mirada perdida.

Las notas que había tomado no le llevaban a ningún lado. Todavía estaba muy al comienzo de su investigación. Sólo había podido establecer que el papel en el cual se había escrito esa música era original, que su color y textura coincidían con los que se usaban a fines del siglo XIX en París. Algo amarillento, un poco arrugado en los bordes y con la tinta ya tornando del negro al verde oscuro, el documento se había mantenido en muy buenas condiciones, guardado en una carpeta de cuero repujado, con adornos dibujados en dorado y un cierre metálico, poco usual en esos tiempos. La caligrafía coincidía con la que pudo comparar de las pocas partituras que se conocían de Marivaux, y de un par de cartas que estaban guardadas en los archivos del Conservatorio.

-         Tus colegas músicos no fueron de gran ayuda, Marie Claire. Se mostraron muy reticentes a la hora de hablar sobre Marivaux o de describir su obra. Uno de ellos, el profesor Dubois, que conoces bien, se refirió a Marivaux como un compositor maldito… No quiso saber nada con una partitura original, no se mostró interesado en que una nueva composición de uno de los genios clásicos se conociera. Es más: me sugirió que destruyera estos documentos y que me olvidara del asunto.

-         ¿Por qué viniste? – preguntó Marie Claire con brusquedad.

-         Necesito saber si esto es verdadero, que me des tu opinión como concertista y profesora de si esta composición es original o si es una falsificación.

Tomó la carpeta, la abrió y extrajo la partitura. Patrick, siguiendo un impulso romántico, cometió la falta de extraer los originales de la caja fuerte de su oficina para presentarlos a su antigua amante. Un extraño aroma a pergamino añejo brotó de entre las hojas. Marie Claire tomó el documento, se acomodó en su sillón y comenzó a leer la melodía. Patrick no se dio cuenta que las manos que sostenían la partitura a poca distancia de los ojos comenzaron a tener un muy ligero temblor. Cuando cruzó sus piernas, el robe de chambre se abrió un poco, sin que ella le prestara atención.

Como si Patrick se hubiera disuelto y su presencia en esa sala fuera solo un recuerdo, Marie Claire se dejó atrapar por su lectura. Patrick se recostó en el sillón que tantas veces les había servido para amarse. Sentía los ojos cansados y un persistente dolor en la nuca. Los analgésicos nada habían logrado para aliviarlo. Esas semanas, desde que tenía en su poder la partitura de Marivaux, las noches de insomnio se habían sucedido una tras otra, y en las raras ocasiones en las cuales lograba conciliar algo de sueño, extrañas imágenes se le aparecían, de manera de sentirse, al despertar, más cansado que antes.

Marie Claire se puso de pie. Siguiendo un impulso, mientras tarareaba la melodía casi en silencio, se dirigió al piano. En la sala había un Bösendorfer de cuarta cola, de un color marrón oscuro, que un afinador mantenía en su justo punto una vez al mes. Caminó despacio hacia el instrumento, mientras el robe de chambre se deslizaba por sus hombros hasta quedar tirado a los pies de la butaca, como un gato somnoliento.

Existen esos momentos de magia, instantes que se prolongan y cobran vida más allá de la voluntad, en los cuales uno vive y muere miles de veces antes de darse cuenta que el tiempo no se ha detenido y que lo irreal se puede confundir con la vida real, de manera de no querer volver nunca más a este mundo de dolores y de olores nauseabundos, de cuentas para abonar y de amigos que pueden traicionar si la paga es buena. Son esos momentos en los que el hechizo de una mirada, el movimiento de un cuerpo o el sonido de una respiración agitada pueden tener más fuerza que un ejército en maniobras. Son esos instantes en los que uno puede darse cuenta que vale la pena vivir así, aunque más no sea una vez y luego morir en paz, para poder decir que uno no ha vivido en vano.

Marie Claire se sentó con elegancia en la butaca, como si estuviera frente al auditorio abarrotado de una sala de conciertos. Con ademán concentrado, colocó la partitura en el atril del piano y dejó que sus dedos se deslizaran al azar sobre las teclas, ensayando apenas una melodía extraña y nunca antes escuchada.

Luego de una pausa de segundos, atacó. Sus dedos cobraron vida, sus piernas se tensaron, su espalda se arqueó y de sus manos surgió una melodía frenética, viva y envolvente como ninguna. Esa música era absolutamente arrobadora. Patrick sintió que todas las emociones del mundo estaban contenidas en esa partitura. Su autor había logrado un grado tal de perfección, que obligaba a quien escuchara la música a vagar por la memoria de sus sentimientos, por aquellos recuerdos sutiles que dejan una marca apenas legible y por los otros, esos que pueden hacer estallar de ira, rabia, dolor o morir en vida por el amor más apasionado. Como si un oscuro demiurgo hubiese sido conjurado por esa melodía, se hubiera materializado ahí mismo y le estuviera tomando por el cuello con una mano fuerte, pesada e implacable, Patrick sintió que comenzaba a faltarle el aire, que la luz a su alrededor se desvanecía y que la tierra se abría en un abismo bajo sus pies.

Casi tambaleando se acercó al piano. Marie Claire seguía tocando, repitiendo la variación en distintos ritmos y cadencias. Patrick la observó como en un sueño. Recordó la primera vez que la vio desnuda, luego del encuentro donde los Stradivarius. Fue también junto al piano, de madrugada, luego de una cena ligera y varias copas de vino. Esa noche Marie Claire, luego de hacer el amor sobre la alfombra, se levantó y tocó el Nocturno 72 de Chopin, su pieza predilecta. Sentía tal amor por esa melodía, le provocaba sentimientos tan profundos y sensaciones tan sensuales, que nunca la ejecutaba en público. Decía que le daba vergüenza que alguien pudiera darse cuenta que, al tocarla, hacía grandes esfuerzos por seguir la melodía y no interrumpirse con un orgasmo.

Esa noche, Marie Claire no se interrumpió. Sus bucles, de un rubio anaranjado oscuro, bailaban al compás de su cuerpo. El rostro estaba contraído en una mueca de éxtasis, los ojos cerrados con fuerza y la boca, entreabierta, dejaba escapar un grito sordo, primitivo y vital. Hacía ya un rato que no daba vuelta las páginas de la partitura. Sin embargo, sus dedos seguían arrancando melodías exquisitas, variantes de una primigenia, como si conociera la obra de toda la vida. Su frente estaba perlada con gotas de sudor, su cuerpo brillaba como si se hubiera untado con aceites aromáticos y sus senos bailaban sin control una danza milenaria.

De repente, sucedió lo imposible. Sus brazos se tensaron, sus manos quedaron suspendidas sobre el teclado del piano como las garras de un ave de rapiña y del fondo de su garganta surgió un grito parecido al rugido de un gato enorme, que se prolongó casi por un minuto. Al abrir los ojos, Marie Claire respiraba con dificultad. Resoplaba como si hubiese corrido una carrera de obstáculos. El sudor le había mojado el pelo de tal manera que lo tenía en buena parte pegado al cráneo.

Temblando, se puso de pie. Había dejado un charco en la butaca. Lloraba, pero no había señal de dolor en su rostro encendido.

-         Vete de mi casa… - dijo con voz ronca y entrecortada.

Patrick se acercó. Descubrió que los ojos de la mujer le miraban de una manera extraña. Como si un miedo antiguo o una pesada angustia se hubiera instalado en su alma. Quiso decir algo, pero un ademán de Marie Claire le paró en seco.

-         Vete. Llévate esa partitura contigo y no vuelvas nunca más. ¡Jamás! Y quema esos papeles. ¡Quémalos!

En silencio, Patrick retiró la partitura del atril del piano y la guardó en su carpeta. Una voz desde muy adentro le sugirió que dejara a la mujer en paz, que ya habría otra ocasión de hacer preguntas y recabar respuestas. Algo en el tono de Marie Claire le dijo que esos papeles que le había presentado habían cambiado por completo su mundo y toda la relación que les vinculaba. Antes de salir, tomó su gabardina y miró a la pianista. Seguía de pie junto al piano, como una estatua de desgarradora belleza, mirando al vacío que había al otro lado de la ventana. Su aire ausente, como si su alma hubiera volado a otro mundo, acompañó a Patrick hasta el ascensor.

Al salir del edificio, caminó unos pasos en dirección a su auto. Colocó la carpeta en el asiento del acompañante, se acomodó el cinturón de seguridad y encendió el motor. No llegó a arrancar cuando elevó la mirada hasta el piso de Marie Claire. Su cuerpo estaba volando, cayendo a mucha velocidad, un maniquí desnudo y con los brazos abiertos que se estrelló contra el techo de una camioneta oscura. Murió en forma instantánea, con una sonrisa extraña y los ojos abiertos.