viernes, 23 de junio de 2017



El náufrago

El velero se hundió de madrugada. Nadie supo cómo se originó el incendio. Los que pudieron, saltaron por la borda. Los otros murieron abrasados por las llamas.

El único que sobrevivió, un veterano timonel, pudo ver los restos humeantes del velero sumergiéndose en el abismo. Había nadado con todas sus fuerzas hasta aferrarse a un madero que había sido una puerta.

Remó primero con las manos, luego con una pequeña tabla alargada. Buscó sobrevivientes, perdió varias veces el sentido bajo el sol calcinante. En algún momento de la tarde divisó la figura incuestionable de una isla que cortaba la monotonía del horizonte.

Con más fuerzas aún sacadas de la desesperación, remó hasta quedar exhausto. Cuando supo que había alcanzado una corriente que le llevaría directo a una playa que ya divisaba como un paraíso, lloró y se desmayó de cansancio.

Nunca percibió una aleta de grandes dimensiones que le seguía a poca distancia de sus pies.
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domingo, 18 de junio de 2017



Soñó con caballos

No sabía qué eran ni de dónde venían. No podía nombrarlos, pero los soñó antes que llegaran. Se levantó de su rincón junto al fuego, dejó las pieles que cubrían a los suyos de lado, tomó un carbón frío y fue directo al fondo de la cueva donde otro, ya anciano, había dibujado a los dioses y a las bestias.

El anciano ya no estaba, pero él alzó el brazo, apoyó el carbón en la pared y dejó que su mano trazara el contorno de su sueño. Uno, dos, muchos. Los sintió corriendo en la pradera, majestuoso, bellos, inalcanzables. Unas bestias nunca antes vistas por su gente.
Al finalizar su tarea, el carbón escapó de su mano y quedó junto a una piedra por miles de años. Un hombre portando una luz artificial le encontró, y junto al mismo, mirando desde las penumbras, a los caballos que otro soñó.



Perdido
 
"Dormir es tan perfecto, que hasta parece increíble que sea gratis...", murmuró D. desde el fondo de la cama, en la penumbra de un mediodía de persianas bajas y con sus piernas y poco más cubiertas por una sábana azul que se negaba a subir.
La observé desde lejos, desde otro mundo. Tanto tiempo, que me perdí.
No recuerdo ya cómo volver a casa.


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sábado, 17 de junio de 2017



El asalto

Después de disparar su arcabuz y partir en dos la cabeza de un sarraceno, el sargento supo que el avance enemigo sería fatal. El épico momento de la muerte había llegado.

Se levantó con calma, desenvainó la toledana y comenzó a murmurar un padrenuestro, que cambió al primer cruce de espadas por otro grito menos amable.

-         ¡En el nombre de Cristo y de la puta que lo parió!
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La fiesta

Cuando estalló la revolución, la multitud alborozada copó las calles y a las plazas. Todo era una fiesta, abrazos, reencuentros, lágrimas emocionadas. Las gentes tiraron abajo las estatuas del antiguo tirano, quemaron los retratos de su odiada esposa, irrumpieron en sus palacios y sus mansiones, quemaron sus autos y se adornaron con un brazalete amarillo.

Un anciano, liberado de su prisión de 30 años, caminaba en medio de la multitud. Iba sereno, apenas sonriente, apoyado en un bastón. Una voz le detuvo. “He, tú, anciano, ¿por qué no llevas el brazalete amarillo en tu brazo, que es el símbolo de la libertad?” “Porque soy libre…”, contestó el interpelado y mostró, sonriendo, los pocos dientes que le quedaban.

Murió al amanecer siguiente, fusilado.
 
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jueves, 15 de junio de 2017



La condena

Hacía mucho frío en el scriptorium, y el monje permanecía concentrado en la escritura de su pergamino. Pronto, un malestar terrible se apoderó de él. Logró escribir “… y el Diablo se instaló en mis entrañas” antes de soltar la pluma y salir corriendo.
Su superior leyó la nota y a la salida de la letrina el monje fue apresado y condenado a la hoguera por posesión diabólica.
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Sueño
"¡Dragón, sal de tu escondite y pelea, pues he venido a matarte!", gritó el caballero armado desde su montura, en la entrada de la cueva.

El dragón abrió un ojo, adivinó al hombre disfrazado de hojalatas, bostezó y retornó a su sueño, donde soñó que se convertía en piedra.
Nadie jamás volvió a verle.

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Danza

“Recuerdo haber visto, en los fondos de un edificio antiguo y abandonado, a un monje de oscura barba y amplios ropajes, danzando en círculos sobre sí mismo. Decían los del lugar que, mediante esa danza, el hombre podía comunicarse mejor con su dios. Ignoro si esto es así, ya que a pesar de su danza, el hombre jamás logró decirme ni su nombre.”

Texto garabateado en la pared de un baño en Alejandría, Egipto.
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martes, 13 de junio de 2017



El paseo

 edhf

Boris salió de su casa para dar un paseo en el parque y traer, a la vuelta, un paquete de cigarrillos y una botella con vino.

Tardó 36 años en regresar. Olvidó traer el vino.
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El anillo de María K.

 edhf

El solitario señor V., empleado nocturno de la funeraria del pueblo y un hombre con una honestidad irreprochable, nunca supo por qué extraña razón tomó ese anillo del dedo sin vida de  doña María K., a quien ni siquiera conocía, para esconderlo en un bolsillo de su túnica.

Todo sucedió en el depósito del local. Luego de colocar, con la ayuda de otro compañero, el cuerpo de la anciana en el cajón y arreglarlo bien para el corto velatorio, y cuando ya estaba en camino de ponerse su traje negro, sin aviso previo, como si un ángel maligno le susurrara al oído, le tomó por asalto la idea irresistible de hacerse con el anillo engarzado con un pequeño y llamativo rubí. Sin pensarlo dos veces, lo hizo.

Luego procedió a trasladarla a la sala, donde la esperaban sus pocas amistades.

Durante la noche, cuando ya se habían retirado los deudos, el señor V., quien dormía sentado en el cuartito de servicio, despertó con brusquedad al sentir un ruido extraño. Abrió los ojos y descubrió un huesudo dedo que le señalaba a poca distancia de su nariz.

-         Señor, ese anillo es mío. Si me hace el favor de devolverlo…

 

María K. fue sepultada a la mañana siguiente sin muchos rezos y pompa, pero al señor V. nadie lo reclamó, por lo que sus restos fueron enterrados por cuenta del servicio público municipal.
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Soñó con caballos
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No sabía qué eran ni de dónde venían. No podía nombrarlos, pero los soñó antes que llegaran. Se levantó de su rincón junto al fuego, dejó las pieles que cubrían a los suyos de lado, tomó un carbón frío y fue directo al fondo de la cueva donde otro, ya anciano, había dibujado a los dioses y a las bestias.

El anciano ya no estaba, pero él alzó el brazo, apoyó el carbón en la pared y dejó que su mano trazara el contorno de su sueño. Uno, dos, muchos. Los sintió corriendo en la pradera, majestuoso, bellos, inalcanzables. Unas bestias nunca antes vistas por su gente.

Al finalizar su tarea, el carbón escapó de su mano y quedó junto a una piedra por miles de años. Un hombre portando una luz artificial le encontró, y junto al mismo, mirando desde las penumbras, a los caballos que otro soñó.
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