domingo, 13 de agosto de 2017


Las partidas de Walter R.

 

Hoy ya estoy viejo y he olvidado mucho. Es la ventaja que trae el inexorable paso del tiempo, que adormece la memoria, la transforma y la inventa. En algunos casos hasta borra toda marca. Caras, hechos, fechas, amores y odios tienden a mezclarse y superponerse. En especial, la memoria reciente, la del día a día, se diluye como una neblina matinal con el primer calor de la jornada.

Sin embargo, hay memorias más antiguas que se mantienen frescas y enteras, que se niegan tozudamente a envejecer y a caer en ese lugar común del piadoso olvido. Es así como recuerdo las partidas de Walter R.

Quizás recuerdo, o creo recordar, más cosas que solo las dos veces que Walter se marchó. Por ejemplo, recuerdo que nuestro primer encuentro fue algo accidentado y por eso memorable. Cuando era chico vivía con mi familia en el tercer piso de un viejo edificio de corredores oscuros y techos infinitos a dos cuadras del río, ese que a veces imita el carácter de la mar. Ya era una construcción antigua en aquella época, ahora lo deben haber demolido. Corriendo una tarde por el pasillo de nuestro piso, al dar vuelta en una esquina choqué con un niño que era casi un cabeza más alto que yo, rubio y corpulento. Caí al piso de madera y desparramé los libros y cuadernos que traía de la escuela. El coloso que tenía delante de mí me miró impávido, desde una distancia de galaxias. Sin embargo, me tendió una mano para levantarme. “Walter, mucho gusto”, me dijo con un raro acento que luego supe era alemán. Desde entonces fuimos amigos.

Su casa, contigua a la mía, olía a pan, a pasteles y a bizcochos recién horneados. Su madre siempre tenía un delantal puesto y una sonrisa fácil y contagiosa. Del padre solo recuerdo que era alto, correcto y distante. Trabajaba en el comercio de pieles, creo. Practicaban una religión distinta a la de mi familia. Eran luteranos, que en aquellos tiempos equivalía a tener un pacto con el diablo. Mi madre era católica practicante e intentó que sus hijos siguieran ese camino. Mi padre toleraba, pero no compartía las creencias de mi madre. Jamás fue a misa con nosotros. Prefería esperarnos en la puerta de la iglesia los domingos de mañana, fumando y leyendo el diario. Unos años después comencé a acompañarlo mientras mi madre llevaba a mis dos hermanas menores de la mano a recibir sus sacramentos.

Walter y yo teníamos la misma edad, con unas pocas semanas de distancia. Sin embargo, de alguna misteriosa manera pasé a ocupar el espacio de un hermano más, ya que él carecía de ellos. No íbamos a la misma escuela. Yo lo hacía a la que quedaba a pocas cuadras de casa, él a una en la cual aprendía todo en su lengua materna. Nos juntábamos durante la semana un rato a la hora de la merienda, casi siempre en la cocina de su casa. Luego de la leche con chocolate caliente y los panes con mermeladas caseras, su madre, sin dejar de sonreír, nos ordenaba ir a hacer los deberes, lo que quería decir que la visita debía retornar a su casa. Los sábados y los domingos los dedicábamos a ir al parque a jugar al fútbol con mis amigos, arte para el cual Walter demostró ser terriblemente ajeno, por lo que siempre le estaba reservado el puesto de arquero.

No habíamos cumplido los quince años cuando una tarde cercana al invierno mi amigo me comentó que sus padres le mandaban a Alemania a vivir en la casa de unos tíos, para que terminara el liceo ahí y fuera a estudiar medicina. Un par de semanas después tomó el barco que le transportó a esas lejanas tierras. Yo les acompañé hasta el puerto. Los padres estaban emocionados y tristes. Walter, luego de abrazar a su madre y de saludar con afectada marcialidad a su padre, se me acercó y en confidencia me pidió que no dejara de visitar su casa. Me tendió la mano y luego se marchó. Varios meses después recibí una carta escrita con su muy prolija caligrafía en la cual me contaba de lo aburrido que fue su viaje y de lo que extrañaba ir el domingo al parque a jugar al fútbol.

Cuando estalló la guerra en Europa, unos pocos años después, perdí contacto con Walter. Las cartas dejaron de venir. Mis padres me prohibieron que mantuviera contacto con nuestros vecinos de piso. Para ellos, como para todos, se fueron convirtiendo en parias, en enemigos. La guerra tiene esas manías, convierte a los malos en malísimos y a los buenos en buenísimos, cualidades intercambiables dependiendo del lado de la frontera donde uno esté parado. No les hice mucho caso.

Supe que mi amigo, a pesar de su corta edad, había sido destinado al norte de África. Todas las noches, incluso desde los tiempos en los que Walter todavía no había partido, mis vecinos se quedaban junto a la radio escuchando lejanos discursos en una lengua imposible. La madre no parecía estar muy de acuerdo con lo que oía decir, pero el padre inclinaba la cabeza y escuchaba. Luego las noticias sobre su hijo dejaron de venir. O dejaron de dármelas, no lo sé bien. Ellos también sintieron, a su manera, que estaban rodeados por gente que les temía y les rechazaba. Más de una vez las bolsas de basura del edificio amanecieron frente a su puerta o los vidrios de su auto eran destrozados por piedras anónimas. Confieso que muchas veces, cuando alguien me preguntaba por Walter, sentí lo mismo que el tal Pedro en su madrugada, antes del canto del gallo.

En el 45, cuando la guerra terminó, comenzamos a saber que la que hasta ese momento había sido la mayor de todas las guerras, era peor que todo lo que imaginábamos. Los malos habían hecho muchos méritos, bastante más que los buenos. Walter había desaparecido. Una tarde, ya en la primavera, me crucé con su padre en la vereda de nuestro edificio. Parecía estar muy enfermo y visiblemente envejecido. Nos saludamos con cortesía y me atreví a preguntarle por mi amigo. Por primera vez me miró directo a los ojos sin la frialdad y la distancia que acostumbraba. Con cortas frases me explicó que Walter había estado en el norte de África, que luego fue destinado al frente occidental en Francia y que al final le mandaron al este, donde el invierno los detuvo y les obligó a retirarse. De eso hacía ya más de dos años y no sabían nada nuevo sobre su suerte. Me saludó con una inclinación de cabeza y siguió su camino.

Pero Walter, supe luego, no había muerto. Había sido hecho prisionero en algún lugar de la frontera con Polonia y logró escapar. Deambuló por campos devastados y sobrevivió como pudo hasta llegar a lo que quedaba de Alemania. Ahí fue apresado otra vez y por un largo tiempo lo mantuvieron entre miles en una prisión. Luego de liberarlo, ya que había sido un simple soldado, se las ingenió para escabullirse a último minuto en un barco que zarpaba al sur de América. No detectaron su presencia hasta que bajó en el mismo puerto que le vio partir siendo un adolecente.

Estos detalles no los supe por él sino por su madre. Con lágrimas en los ojos me dijo que su Walter había vuelto de la maldita guerra. Fue la primera y única vez que usó una palabra fuera de lugar.

Lo encontré sentado sobre las rocas, junto al río. Era uno de sus lugares preferidos para ir a leer. Le reconocí a pesar de lo cambiado que estaba. Me acerqué y le llamé por su nombre. Apenas movió la cabeza en señal de saludo. Sus ojos estaban perdidos en algún punto del horizonte y su mano izquierda trataba de ocultar la otra, que temblaba. Hacía ya algo de calor. Walter se había quitado los zapatos y arremangado los pantalones. Me senté junto a él en silencio. En realidad, no sabía qué decirle o ignoraba si tenía algo para compartir con él. Los años nos habían convertido en dos desconocidos.

Sin embargo, Walter habló. Me preguntó por mi familia y si seguía yendo a jugar al fútbol. No le hice preguntas sobre la guerra y tampoco me contó nada. Salvo una sola cosa. Una noche, en el norte de África, en una ronda nocturna, detrás de una duna se dio cuenta que había un soldado enemigo de guardia. Tardó una eternidad en decidir lo que debía hacer. Luego, dejó su fusil y sus pertrechos en el suelo, empuñó su cuchillo y con sigilo se dirigió a donde estaba el otro. Temblando y sin aliento, le tomó por detrás, le tapó la boca con una mano y le hundió el cuchillo hasta el mango. “Su sangre brotó como una fuente y me empapó la mano”, dijo Walter casi sin voz. “Nunca supe quién era el pobre tipo, pero cuando sentí que había muerto, una parte mía le acompañó. Después, todo se hizo más fácil”.

Quedé abrumado con su confesión. Ignoro en qué momento Walter se puso de pie y se alejó. Solo recuerdo su cabello rubio hundiéndose en el río. De él no quedó nada más, salvo sus zapatos, gastados y sin lustrar. Su segunda partida fue por el mismo río, pero esta vez sin barco con el cual zarpar.

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